…Y así fue como esa noche comencé a escribir; con la misma melancolía que había escrito cinco años atrás.
Marzo 2021
Llegué al consultorio quince minutos antes de la hora citada como ya me era costumbre. Sentía menos nerviosismo que en otras ocasiones a pesar de estar consciente de que estaba a punto de recibir noticias importantes acerca de la inminente cirugía que se aproximaba.
—Adelante Alberto, toma asiento —dijo el doctor Hernández.
—Buenas tardes Abel, ¿todo bien?
—Buenas tardes —respondió el doctor con singular entusiasmo—, todo muy bien. Esta mañana he platicado con el doctor Navarro y podría decirte que tenemos todo casi listo y resuelto. Navarro puede venir a la ciudad el tercer o cuarto fin de semana del próximo mes; es decir, la cirugía quedaría para el sábado diecisiete de abril o para el veinticuatro, mas tardar. Ya solo quedaremos a la espera de su total confirmación, pero me aseguró que ya era prácticamente un hecho. Posiblemente agendemos una sesión todos juntos por videollamada para ver los últimos detalles y los preparativos previos; yo te estaría avisando durante la semana.
Rápidamente, la inevitable angustia se acrecentaba en mi pecho a medida que el doctor seguía hablando. Pero yo solo escuchaba atentamente y asentía con la cabeza.
—¿Tienes alguna duda? —agregó el doctor.
—Por fin, me da gusto… —le dije, medio fingiendo animosidad—. ¿El doctor Navarro ha checado los resultados de mis últimos estudios?
—Así es —respondió Hernández—. Dice que todo parece estar en orden para proceder a realizar la hepatectomía. Pero como ya bien sabes la situación siempre puede cambiar una vez que te encuentras en plena cirugía. Y en este caso en lo particular un mayor número de variables influyen directamente en la toma de decisiones. Se que todo esto ya lo sabes pero es mi responsabilidad repetírtelo hasta el cansancio. Lo que menos deseo es causarte miedo o más estrés del que ya cargas; por supuesto que es necesario que en las próximas semanas te mantengas tranquilo, animado y seguro de que las cosas saldrán bien. Yo estoy convencido de que así será.
—Gracias Abel —le dije—, entiendo todo perfectamente.
—De concretarse lo de la videollamada —continuó el doctor—, me gustaría que estuvieran tus padres presentes, por cualquier duda o inquietud que quisieran resolver directamente con Navarro. Están muy nerviosos, lo sé; es totalmente normal. Además han vivido junto contigo una experiencia tan fuerte que las palabras faltan para describirla. Pero este infierno ya va a acabar… ¡Ánimo Alberto! Si… se ha prolongo mucho más de lo que todos pensamos, pero el final está cerca; la pesadilla terminará dentro de poco. Tienes a tu familia, a tu pareja y a tus amigos. Ellos han permanecido a tu lado y también han compartido tu dolor, cada quien de diferentes maneras. No te abandonaran en este momento tan importante, el más importante… y tú debes seguir adelante por ellos.
«Tu semblante es bueno y has subido unos cuantos kilos. Tus estudios se encuentran bien. Es decir, llegas en mejores condiciones que las ultimas veces. El verdadero reto aquí es el que tenemos nosotros, los cirujanos; pero afortunadamente estas en manos del mejor equipo posible, que no se te olvide eso.
—Lo se amigo —respondí—, en verdad agradezco tus palabras y todo el apoyo durante este proceso. Hemos pasado por tanta pena y desánimo que lo único que deseo es que mis padres puedan por fin descansar de este duro martirio; y de cierta manera, que ustedes también descansen: mis médicos. Quisiera que salieran victoriosos de este caso tan complicado en el que los metí.
Hernández soltó una sonrisa cortés.
—¿Recuerdas aquellos días en los salones de clases? —pregunté—. Nunca imagine que al pasar los años estaríamos aquí en tu consultorio hablando de quitarme más de la mitad de mi hígado. Leímos y estudiamos tanto de anatomía y fisiopatología; Ahora es mi cuerpo el que no funciona.
—Bienvenido al carnaval de la vida —dijo Hernández.
El camino a casa parece tan largo que me hace recordar el insoportable viaje en tren de Barcelona a París, pero como desearía estar ahí en estos momentos.
Llegué a mi casa y mi mamá, Agustín y Enrique ya estaban esperándome en la sala. Tarde unos tres minutos en explicarles todos los detalles acerca de la fecha tentativa para mi cirugía. Mi madre dejo escapar unas cuantas lagrimas que parecían expresar más alivio que preocupación, o al menos eso quise creer. «!Bendito sea Dios, mi niño amado!» no dejaba de repetir. Mi padre llego y se unió a la reunión mientras Carmina se apresuraba a contarle la situación. Agustín se miraba muy nervioso, pero fue el primero de mis hermanos en decirme algo:
—Pues… son buenas noticias… ¡Me alegro que por fin tengamos fecha!—exclamó.
—Cálmate inch, no grites —le dijo Enrique agresivamente.
—Ya empezaste —contestó Agustín.
—¡Tranquilos por favor! —lamentó Carmina dejando de lado por un segundo la conversación con mi padre.
—Y… ¿andas cagado? —preguntó Enrique ignorando por completo a mi madre.
—No siento nada —respondí mintiendo.
—No pasa nada Joel —dijo Agustín tímidamente—. Todo va a salir muy bien, eso lo sabemos, tu tranquilo. Y lo que nos quisieras decir o expresar, adelante, no te lo guardes. Aquí estamos.
—Así es —dijo Enrique—. Es normal andar bien cagado, no es para menos.
—¡Como chingas! —exclamó Agustín.
Esta vez, mi padre detuvo oportunamente a mi madre antes de que pudiera regañarlos.
—Supongo que si —dije con voz calmada, y todos voltearon a verme—. ¿Que mas se podría sentir ante toda esta adebacle?
—Si sabes que la palabra «adebable» no existe, ¿o no? —preguntó Enrique presuntuosamente—. Ya se que así la hemos usado nosotros desde pequeños pero lo correcto es decir «debacle».
—Que tontería, solo por una letra —dijo Agustín.
—Si, que tontería —añadí—. Si las palabras logran cumplir con la función de comunicar basta y sobra. ¿No es ese el fin primordial del lenguaje?
—Me extraña de ti, Joelito —dijo Enrique burlescamente—. Un maestro que no respeta la ortografía, ¿Que dirían de ti tus alumnos?
—¿Importa? —contesté con apatía.
Todos me miraron en silencio, la tensión era evidente.
—Nada importa —autorespondí.
—Pensé que dirías: «Me viene y me va» —dijo Agustín, un tanto entristecido.
—Hijo… ¿Platicaron de algo más? —pregunto mi padre en un intento de mediar la rigidez del momento—. Me refiero a ti y el doctor Hernández.
—Ya les he contado todo —respondí.
—Bueno… —intervino mi madre —. Te preguntamos porque… veras, debo confesarte algo. Nosotros también hemos ido a visitar al doctor, tu papá y yo.
Carmina rápidamente noto mi rostro de inconformidad y añadió de inmediato:
—¡No te enojes, hijo! —exclamó—. Entiéndeme… estábamos muy angustiados y pues… tu nunca nos dices todo, acéptalo. Solo quería estar tranquila y…
Mi madre soltó un llanto despavorido antes de poder terminar de explicarse.
—…Dice el doctor que la probabilidad de sobrevivir es de menos del veinte por-ciento —balbuceo entre lágrimas—. Explícame eso por favor… ósea… hijo… ¡¿es así?! Hijo…
Mi madre estaba destrozada y no podía hilar las palabras, pero no era necesario ya que la entendía a la perfección. No era capaz de acordarme de algún día de mi vida en el que hubiese tratado de mantener la compostura tanto como en ese momento. Yo también estaba al borde del derrumbe.
—Mamá… tranquila —dije balbuceando—. ¿Veinte por-ciento? Bueno… tal vez no me lo dijo así, pero… ¡son solo números! Al final eso tampoco importa ¿no? Te acuerdas de…
—¡Hijo, por favor! —me interrumpió mi madre—. ¡No me dejes por favor! Te lo pido… ¡No te mueras mi hijo amado!
El abrazo que me dio mi madre en esos momentos y las lagrimas que mojaban mis hombros terminaron por romperme en mil pedazos.
No se como decírselo, no se como explicarle. Creo que lo dejaré fluir y trataré de resumir todo para no preocuparla tanto. En este instante solo deseo abrazarla y estar con ella.
Karla dijo que estaría en mi casa pasadas las siete de la tarde. No había contestado mis mensajes desde medio día, algo extremadamente inusual pero que decidí no tomarle importancia pues me encontraba lidiando con gran variedad de emociones y pensamientos, y eso que aun me faltaba darle la noticia a ella.
Me recosté en mi cama e intente procesar el cúmulo de información que transitaba por mi mente. Recuerdos de muchas etapas de mi vida aparecían y se mezclaban en imágenes fugaces que iban dejando una amarga sensación a su paso. Las voces de mis padres y de mis hermanos resonaban a la lejanía como un simple eco inentendible. El dolor de mi pecho desaparecía por minutos pero cuando volvía, lo hacia con mayor profundidad e intensidad.
Jugueteaba con la bolsa en mi abdomen mallugandola, doblándola y acariciándola al mismo tiempo; era señal de la inusual combinación de odio y agradecimiento que tenía por esas bolsas de plástico. Ya fuera porque que las cosas salieran bien o mal, se acercaba el día en el que nunca más volvería a pegar una bolsa de ostomía en mi cuerpo. Nunca más tendría que volver a ver un tubo saliendo de mi piel. Nunca más vería a mi madre llorar y sufrir por mí.
La melancolía me invadió por completo y mis ojos comenzaron a humedecerse, pero no lloré; no lloré porque mi Prietita me visitaría esa tarde y esa era razón suficiente para levantarme, inclusive en los peores días donde la desdicha se apoderaba de mi cuerpo y de mi existir.
Entonces me levante de la cama, y una fuerte descarga de dolor acuchillo mi espalda baja como si de una corriente eléctrica se tratase y avanzó hasta mi costado superior haciendo que me retorciera y que apretará los ojos. Pero aguante y no me queje porque no importaba, solo quería estar con ella en esos momentos; en ese día tan largo y tan lacerante como el propio infierno. Ella sería la vela que me brindaría un poco de luz en medio del abismo y era todo lo que necesitaba para sobrevivir a ese día.
Baje la escalera como aquellos días que entrenaba pierna en el gimnasio. Me acerque a mi piano, pues sus tristes teclas me pedían a gritos ser tocadas de nuevo. «¿Cuando había sido la ultima vez que toque el piano?» Me senté, pero antes de que pudiera completar un acorde fui interrumpido por el sonido del timbre al unísono de un desgarrador y abrupto pensamiento, una voz en mi cabeza que no escuchaba hace demasiado tiempo: te arrepentirás, y mucho. El chillido en mi tímpano izquierdo era tan insoportable que de inmediato me lleve la mano al oído; Me distraje y mi notas desafinaron. Encorve mi postura y mi cara fruncida expresaba un dolor mas allá de lo físico. te arrepentirás, y mucho… «¡Basta! No por favor… no de nuevo, no ahora» le contesté a mi mente. Tomé un respiro profundo y me reincorporé rápidamente pues el timbre volvió a sonar.
Karla llegó a las siete en punto, algo que jamás había ocurrido. Abrí la puerta y lo supe en cuanto la vi: había estado llorado. No dije nada, me propuse observarla y analizarla detalladamente. Saludó a mi madre y le dio un fuerte abrazo, más fuerte de lo normal. Le ofrecí agua y nos sentamos en la estancia. Esperé a que mi madre subiera las escaleras y cuando estuvimos solos, pregunté:
—¿Tienes antojo de algo en especial?
—No, no tengo hambre —respondió a secas.
—Esta bien —le dije simulando normalidad —. Voy cargando alguna película o algo para ver más tarde ¿Qué te parece?
—No sé, como gustes.
Karla no levantaba su cabeza, evitaba mirarme a los ojos.
—Ey, ¿Qué ocurre? —me anime a preguntar.
—Así que ya te dieron fecha para la cirugía —dijo cortantemente.
—Si —respondí—, al menos sabemos que no pasará del mes de abril.
Como si estuviéramos conectados por telepatía casi era capaz de sentir que el ritmo cardíaco de Karla estaba acelerándose. Sus ojos vagaban perdidos en las flores del catorce de febrero que aún permanecían en la mesa de la estancia.
Seguí explicándole los detalles mas importantes de mi conversación con el doctor pero me detuve al cerciorarme de su desbordante nivel de ansiedad. Karla hacía un enorme esfuerzo por aguantarse el llanto. Decidí dejar lo mío y lanzarme nuevamente hacia el abismo que muy pero muy dentro de mí, sabía que había llegado.
—Por favor, dime que es lo que te pasa —le dije—. Karla no contestó. Su nariz ya estaba roja e intentaba tomar grandes respiros por la boca.
—Prieta, solo te pido que…
—No me siento bien —me interrumpió con voz quebrada.
—Lo sé —respondí—. Háblame de eso.
—Hace mucho tiempo que no me siento bien —dijo Karla—. Hace mucho… hace mucho que no te veo como una pareja. Me siento más como si fuéramos amigos y siento que no esta bien, no me siento bien con eso… Se lo que debo hacer…
Un caudal de lágrimas hizo explosión en el rostro de Karla y en pocos segundos su rímel llegaba casi al borde de su boca. Seguí mirándola, sin decir nada y sin hacer expresión alguna aunque la presión en mi pecho estaba ahogándome. Finalmente, ella me miro de vuelta; limpio sus mejillas con un pañuelo que ya cargaba en su bolso, hizo un atropellado intento de respirar por su nariz, y dijo:
—No quiero que estés solo.
—¿Solo? —respondí, no sabía que decir.
—Debes entender que…
—¿Se trata de alguien más? —le pregunte, interrumpiéndola.
Karla bajo súbitamente la mirada. Se torno nerviosa, se limpio lentamente las manchas en su rostro, y respondió al suelo:
—No…
Finalmente y tras una desoladora pausa, repitió:
—No quiero que estés solo…
Aquella tarde y durante el peor momento de mi vida, ella decidió despedirse.

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